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Juan Manuel fue un niño que vivió en la época de los Cristeros en los Altos de Jalisco, cuando se prohibieron los cultos religiosos.

Era el más pequeño de los hijos del Sr. Severo González y Carmelita Alvarado, familia muy religiosa, que era muy querida por toda la población.

La actividad de Padre era la de fotógrafo, profesión que le daba para sostener a su familia que estaba compuesta de 10 personas, contando a sus padres.

Sus 7 hermanos eran Agustín, Severo, Carmelita, Manuel, Elena, Teresita, Rafael y el pequeño Juan Manuel.

Por esos días, estaban en casa ya solo 5 de los ocho hijos, merced a que ya se habían casado Agustín y Severo y por otro lado, Manuel había ingresado al Seminario de la ciudad de México.

Ayudaban en la fotografía Carmelita, Elena y Teresita las tres mujeres de la casa.

Rafael de 13 años, estudiaba secundaria y trabajaba de medio tiempo con un tendero del pueblo un “Gachupín” llamado Simón; pues “todos los de la familia desde chicos deben aprender a trabajar”, para ser hombres de bien, decía Don Severo.

Esto, además de la instrucción religiosa, con el “temor a Dios”, eran los fundamentos de la Educación y Formación de la familia del Sr. Severo González, quien predicaba con el ejemplo en el trabajo y su compromiso de católico, que iba más allá de asistir los domingos a misa, pues era conocido por su amor por el prójimo y ayuda a los más necesitados, motivo por el cual era respetado por toda la población.

Como único fotógrafo del Pueblo, se veía a Don Severo y a sus hijas Carmelita, Elena y Teresita captando las imágenes de las Bodas, Bautismos, Primeras Comuniones, Graduaciones, fotos de Estudio y de la Política.

Pero la realidad política del país dividió a la Sociedad de esa época, y llegaron las prohibiciones para el culto religioso, cierre de Iglesias, prohibición de la celebración de misas y persecución de sacerdotes y personas que profesaban la fe católica.

Vino la reacción de sectores de la población que profesaban la fe católica, en el conocido movimiento de “los cristeros”.

En este marco histórico, la familia de Juan Manuel, aun cuando era “públicamente conocida como Católica”, conquistó con su forma de ser el respeto y afecto aun de aquellas personas que en su localidad se convirtieron en “come curas y perseguidores de cristeros” y no los molestaban.

 

Sin embargo, Don Severo no permaneció indiferente a la situación de sufrimiento de sus semejantes, al contrario, su casa se convirtió en un refugio seguro para muchos cristeros que veían peligrar su vida debido a que formaban parte del movimiento cristero.

En esta vorágine de acontecimientos, en donde a nivel nacional existió una confrontación entre hermanos, aquí se generó un sentimiento de aceptación, confraternidad, comprensión y respeto a las diferencias de forma de pensar, apoyadas por el “Representante del Gobierno Federal”, “el Capitán Rodolfo”, originario de ese mismo lugar, quien dio facilidades para que continuaran las actividades religiosas en forma encubierta, aunque estaba cerrado el templo de la localidad, para evitar que las supervisiones del centro del país y los policías afines a las instrucciones de represión se dieran cuenta de ese acuerdo fraternal de respeto a las creencias de la población.

Pero aunque la casa de Don Severo era grande tipo colonial de arquería y corral al fondo con una bodega, sus recursos no eran suficientes para atender a la cantidad de refugiados que llegó a albergar en su casa.

Pero el pequeño Juan Manuel fue el de la idea y quien ejecutaba la solución y que se empezó a denominar entre la población católica, “para el niño que desaparece las cosas”.

Esto consistía en que la población llevaba ropa, cobijas y alimentos a la tienda del “Gachupín” Simón, donde trabajaba Rafael, el hermano de Juan Manuel y este en operación hormiga trasladaba los enceres a la casa del Sr. Joaquín, donde -a través de un túnel hecho probablemente en tiempos de la revolución- que desembocaba a la casa de Don Severo.

Esta solución se dio para mantener el orden y la seguridad de los “cristeros y católicos practicantes en la clandestinidad”.

Más sin embargo esta situación llegó a los oídos de uno de los “capitanes del ejército”, Rodrigo, quien odiaba a los cristeros y mando investigar esta situación.

Fue seguido el pequeño Juan Manuel en forma sigilosa, por los callejones de la ciudad, cuando llevaba sus envoltorios a la casa de Don Joaquín y después a su regreso a su casa.

Una vez ubicados los lugares y sus movimientos, en compañía de un grupo de soldados cayó a la casa de Don Joaquín y de Don Severo; y pudieron descubrir el túnel y a donde desembocaba, que era a la casa de Don Severo y encontraron a un grupo de católicos y un sacerdote y dos seminaristas, que celebraban la misa y después se disponían a cenar y descansar, merced a los enceres que les llevaban por el túnel.

En esa ocasión, casualmente se encontraba acompañándolos, “el capitán Rodolfo”, quien no profesaba la fe católica, pero tenía simpatía por ese grupo de personas que se manifestaban afecto y respeto entre ellas, generando un ambiente de paz, a pesar de ser tiempos de gran tensión en el país.

“El capitán Rodrigo”, hizo detener y encarcelar a todos los participantes “fuera de la ley”, esperando la aprobación para ejecutarlos.

Fue un gran escandalo en el pueblo cuando se supo de esta situación; los católicos rezaban por los detenidos y los contrarios a ellos esperaban “la aplicación de la ley”, en contra de los “mochos católicos y del Traidor Rodolfo”.

Sin embargo, llegaron las noticias de que se habían liquidado a un grupo de “lideres cristeros” y debido a esos acontecimientos se piensa que llegó la orden de soltar a los prisioneros, a fin de que se volvieran a encender los ánimos.

Un hecho que se sigue conservando en la memoria de la población, es la salida de los detenidos, y la multitud de personas en la Plaza principal, y en donde resaltaron la presencia y las palabras de Don Severo, Simón el “Gachupín” y el capitán Rodolfo quien sumo a las palabras de los dos primeros del Amor a nuestros semejantes y su derecho a profesar sus creencias, el llamado al respeto y tolerancia entre los hombres independientemente de sus convicciones y resaltó el valor de Juan Manuel, a quien denominó cariñosamente, como todos lo conocerían desde ese día: “el niño que desaparecía las cosas”.- AAGA.